El elemento más elevado de la Laboral fue signo de la ambición exhibidora de la Fundación Girón, de la rivalidad con Oviedo, de los alardes arquitectónicos y del orgullo de los gijones.
J. MORÁN LA NUEVA ESPAÑA 2007
La torre de la Universidad Laboral sintetiza toda la historia y el espíritu del noble edificio de Cabueñes, concebido por el arquitecto Luis Moya Blanco y edificado entre 1948 y 1957. Sus 117,60 metros, recién rehabilitados y remozados, muestran, primero, el fruto de un recrecido inicial, sobre planos, a causa de la ambición exhibidora de los patronos de la Fundación José Antonio Girón de Velasco.
Segundo, la torre supone el alarde constructivo de un elemento al que una mala coincidencia complicó la cimentación. En tercer lugar, su construcción concentró el orgullo de los gijoneses respecto a un edificio cuyo cuerpo elevado crecía incluso por encima de la torre de la catedral de Oviedo, al tiempo que un relato apócrifo de la época decía que sus campanas se escucharían hasta en Vetusta.
Cuarto, la popularidad de su mirador significó que fuera continuamente visitado por los gijoneses y sus invitados a lo largo de décadas; y, quinto, la dejadez de la Administración permitió que su ascensor permaneciera averiado desde 1980 hasta 2003 y que su fábrica sufriera hasta el presente graves humedades y deterioros.
Pese a esto último, y merced al empeño del Ayuntamiento de Gijón y al plan de excelencia turística de 2003, un nuevo ascensor comenzó a funcionar en noviembre de ese año. Y hoy mismo, dentro de la rehabilitación y transformación de la Laboral en Ciudad de la Cultura, promovida por el Principado de Asturias, la torre vuelve a su esplendor tras seis meses de andamios y trabajos. Un esplendor que incluye, por ejemplo, el remate de las arcadas superiores mediante nueva azulejería, completando así elementos que permanecían inacabados desde 1957, cuando se detuvo la construcción de la Laboral, tras el cese el ministro Girón de Velasco, en febrero del citado año.
La torre que hoy conocemos no es la que inicialmente diseñó el arquitecto Luis Moya. Aquella era más baja y menos estilizada, y de ella se conservan algunos planos y un testimonio gráfico consistente en fotografías de la maqueta original de un edificio que entonces no era todavía Universidad Laboral, sino Orfelinato Minero de Gijón. Dicha maqueta fue presentada en el verano de 1948 en el vestíbulo de la Escuela de Comercio Jovellanos, después Escuela de Estudios Empresariales. Miembros del patronato -Julio Paquet Cangas, entre otros- y arquitectos -Enrique Huidobro, que colaboró inicialmente en el proyecto- describieron aquel día las características del edificio cuya construcción se había iniciado el día 1 de abril de ese año, en los terrenos de la que sería granja agronómica de Somió, después el Intra, y hoy Centro de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.
La torre original creció en altura tras las insistentes recomendaciones en ese sentido que le transmitió a Moya el hombre de Girón en la ciudad y miembro del patronato, José María Fernández Álvarez, el «Ponticu». Así lo recogió en su día el arquitecto Antón González Capitel, máximo experto en la obra de Luis Moya y en la historia constructiva de la Laboral. «Moya presentó un trabajo arquitectónicamente contenido, pero le pidieron más ambición y, con ello, mejoró el proyecto», explica Capitel.
Al mismo tiempo que la torre crecía y se estilizaba -como cita arquitectónica y cruce figurativo entre la Giralda de Sevilla y lo que pudo ser el faro de Alejandría-, otras transformaciones se producirían en el proyecto al ser destinado el edificio a la Compañía de Jesús -y no a los Salesianos, como originariamente se pretendía-, y al pasar de orfelinato a Universidad Laboral. También se añadió al conjunto arquitectónico el convento circular de las Clarisas, hoy sede de la Radio Televisión del Principado. Todas esas transformaciones fueron recogidas en una segunda maqueta, pero ni ésta ni la primera se conservan, y ni siquiera se conoce su paradero ni está constatada su destrucción.
Tras pasar por todos estos avatares, llegó el momento de construcción de la torre y los arquitectos tropezaron con una mala casualidad. Toda la planicie sobre la que se levantaba la Laboral poseía un subsuelo firme y rocoso, circunstancia que contribuyó a abaratar la obra, como años después comprobaría el Tribunal Supremo al investigar aquel proyecto sobre el que habían llovido sospechas de corrupción.
Sin embargo, «realizamos sondeos y descubrimos que justo debajo del emplazamiento de la torre había una especie de tortilla de guisantes, en la que el huevo era una gran masa de arcilla y los guisantes, rocas del subsuelo». Quien lo narra es el arquitecto José Díez Canteli, que hoy cuenta 89 años y que fue el director de la obra de la Laboral, completando así el equipo de Luis y Ramiro Moya y Pedro Rodríguez Alonso de la Puente.